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Santo Domingo, la burbuja: la lección de un profesor que convirtió la curiosidad en refugio de conocimiento
Crónica sobre la conversación con Juan Campino, director y fundador de Parque de la Ciencia
La escena
Hay comunas que se cuentan en cifras y hay comunas que se cuentan en historias. Santo Domingo tiene ambas. El censo de 2017 le atribuye cerca de 13 mil habitantes, una cifra que casi no se ha movido, achatada por la enorme cantidad de casas de veraneo que la dejan a medio despertar buena parte del año. Pero también tiene ríos, humedales y una playa que, según quien la haya conocido en distintas décadas, ya no es la misma.
Ese es el punto exacto donde el programa Raíces Costeras decide detenerse: no en el paisaje postal, sino en lo que le está pasando al paisaje. Y para eso conversa con Juan Campino, director y uno de los fundadores de Parque de la Ciencia, un espacio que nació hace siete años de la manera menos institucional posible: un profesor, un taller y dieciséis niños que no dejaban de hacer preguntas.
De un taller de colegio a un parque que enseña con las manos
Campino no abre con cifras ni con un eslogan corporativo. Abre con una escena escolar: dieciséis alumnos del colegio The Country, «verdaderamente brillantes», que absorbían con hambre todo lo que él intentaba enseñarles sobre física, medioambiente, robótica y astronomía. La conclusión a la que llegó entonces —y que sigue repitiendo como diagnóstico— es incómoda para cualquier sistema educativo: los colegios sí enseñan medioambiente, pero casi nunca con profundidad ni con los equipos adecuados. Se habla del río sin ir al río. Se habla de robótica sin un técnico. Se habla de astronomía y, dice, la mayoría de los chicos nunca ha mirado por un telescopio.
De ahí nació Parque de la Ciencia: primero pequeño, después sostenido casi por inercia, porque los niños —los suyos y otros que llegaban «casi sin llamarlos»— seguían apareciendo. Es una historia de origen que vale la pena leer en clave comunicacional: no hay relato fundacional más creíble que el de una necesidad que se hizo evidente antes de que existiera el proyecto para resolverla.
La arena que se fue: una lección de causa y efecto contada desde la memoria
El ejemplo más humano —y más eficaz como pieza de comunicación ambiental— que entrega Campino es el de la playa de Santo Domingo. No recurre a un estudio técnico para explicar la erosión costera; recurre a su propio cuerpo de niño. Recuerda que caminaba cien metros de arena hasta el mar abierto; hoy, dice, quedan diez o quince metros, y menos aún cuando llegan las grandes marejadas.
La explicación que ofrece es clara y, sobre todo, contable: la arena que baja desde la cordillera a través de los ríos quedó atrapada en el lago Rapel desde que se construyó, porque nadie hizo entonces un estudio ambiental que anticipara ese efecto. Es un relato de consecuencias no evaluadas, y Campino lo cuenta sin acusación grandilocuente, casi como quien constata un hecho de familia. Esa manera de narrar —sin villano, con causa y efecto— es la que mejor conecta con audiencias no especializadas: no exige creer en una doctrina, exige mirar una fotografía antigua y compararla con el presente.
Una clase de historia del planeta, contada como quien cuenta un cuento
Antes de hablar de soluciones, Campino insiste en construir contexto: qué es el medioambiente, cómo ha cambiado la Tierra en 4.500 millones de años, cómo la vida ha estado a punto de desaparecer varias veces —incluida una «Tierra bola de hielo» hace 700 millones de años— y cómo, aun así, siempre volvió a proliferar.
Es un recurso pedagógico deliberado: llevar la conversación a una escala de tiempo tan amplia que el presente deje de sentirse como un dato aislado y empiece a sentirse como una tendencia. Desde ahí introduce, casi sin que se note el giro, el tema que realmente le importa: el aumento de dióxido de carbono en la atmósfera, de 280 a 400 partes por millón en apenas dos siglos, y sus dos grados adicionales de temperatura media global. Cifras que, dichas así, en medio de una charla sobre pilotos de guerra y cisnes de cuello negro, dejan de sonar a informe técnico y empiezan a sonar a advertencia de alguien que uno conoce.
Cultura ambiental: del discurso a la ducha de veinte minutos
Uno de los aportes más honestos de la conversación es cuando Campino reconoce que la «cultura ambiental» ya existe como discurso —los colegios la enseñan, los diarios la repiten— pero que el comportamiento cotidiano todavía no la refleja del todo. Su ejemplo es doméstico y sin pretensiones: pregunta a sus alumnas cuánto tiempo se duchan y la respuesta ronda los veinte minutos, mientras que a los varones les toma tres. De ahí desprende, sin dramatismo, la cadena completa: la bomba de agua consume energía, el calefón consume gas, y ambas cosas alimentan el calentamiento global que él mismo explicó minutos antes con cifras planetarias.
Es una estrategia de comunicación comunitaria que vale la pena subrayar: bajar la escala del problema —del planeta a la ducha de la casa— sin perder la conexión causal entre ambas. Y complementa el diagnóstico con señales de cambio real que sí ha visto: gente que junta basura en la playa, algo impensado hace diez o quince años, y una generación de nietos que —dice, citando a una abuela del sector— cuida lo que sus padres ensuciaban sin culpa.
Tres humedales y una «burbuja» que hay que cuidar activamente
Campino describe Santo Domingo como una comuna con tres humedales: el del río Maipo, el de El Yali —con su laguna Los Molles, refugio de miles de cisnes de cuello negro— y el proyecto de Tricao, que menciona como un ejemplo a imitar por su trabajo con la comunidad y con los colegios, a los que reciben de forma gratuita.
Lo interesante, comunicacionalmente, es que no presenta estos espacios como reservas intocables, sino como activos vivos que generan pertenencia: niños que ven un ave migratoria por primera vez, familias que se emocionan frente a una laguna llena de cisnes. El patrimonio natural, en su relato, no se protege por decreto: se protege porque la comunidad lo conoce, lo visita y termina queriéndolo.
Progreso y medioambiente: la comparación que humaniza el dilema
Consultado sobre la tensión entre desarrollo inmobiliario y protección ambiental —una pregunta que, según cuenta el conductor, se le hace a todos los invitados del programa— Campino no elude el conflicto ni lo simplifica. Señala directamente a las inmobiliarias como uno de los actores que «pasa la moto niveladora» sobre extensiones de terreno sin mayor consideración por lo que había antes.
Pero en lugar de quedarse en la crítica, ofrece un contraejemplo real, vivido en primera persona durante sus estudios en Estados Unidos: pilotos heridos de la Segunda Guerra Mundial, incapaces de volver a las fuerzas armadas, a quienes el gobierno ayudó a construir aviones adaptados a sus limitaciones físicas. Esos mismos pilotos terminaron siendo contratados por la Universidad de Miami para seguir, desde el aire, las rutas de aves migratorias que las nuevas urbanizaciones estaban alterando —las mismas rutas, señala, que hoy siguen llegando hasta la playa de Santo Domingo.
Es una anécdota que cumple una función comunicacional precisa: demuestra, con un caso concreto y verificable en la propia biografía del entrevistado, que desarrollo y conservación no son necesariamente incompatibles cuando existe voluntad institucional de estudiar el impacto y adaptarse a él.
Alianzas que sostienen un proyecto sin fines de lucro
Parque de la Ciencia no cobra por sus actividades, y esa gratuidad —repetida varias veces a lo largo de la entrevista casi como un mensaje dirigido directamente a la audiencia— es también una declaración de principios. Lo que hace posible sostenerla, explica Campino, es una red de alianzas: universidades que llegan con equipamiento y especialistas para charlas abiertas a la comunidad, y empresas como Copagua, que realiza demostraciones sobre el cuidado del agua para los niños que participan de los talleres.
El relato de Campino describe una transición generacional dentro del propio parque: de ser él el único profesor que enseñaba de todo, a convertirse en un espacio donde jóvenes que llegaron como alumnos hoy son monitores de los equipos de competencia en robótica, astronomía y medioambiente. Es, en el fondo, una historia de comunidad que se autoabastece de conocimiento y de vocación.
El cierre: un mensaje a los padres antes que a los niños
El gesto más humano de toda la conversación llega al final, cuando Campino no cierra con un llamado a la acción ambiental, sino con un mensaje dirigido a las familias: que confíen, que se acerquen, que no todos los papás necesitan saber de ciencia para que sus hijos puedan aprenderla. Y a los propios niños les deja una frase que no es suya, sino de Einstein, sobre la imaginación por encima del conocimiento, como invitación final a que se atrevan a soñar con lo que todavía no existe.
Es un cierre que resume, mejor que cualquier eslogan institucional, el enfoque completo del proyecto: la ciencia y el cuidado ambiental no se imponen desde la autoridad de un experto, se contagian desde la confianza de un adulto que decide abrir la puerta.
Lectura comunicacional: qué funciona en este relato
Desde una mirada de comunicación ambiental, corporativa, social y comunitaria, la entrevista con Juan Campino ofrece varias claves replicables para cualquier organización que busque comunicar temas ambientales sin caer en el tecnicismo ni en el catastrofismo:
- La memoria personal como evidencia. La comparación entre los cien metros de playa de su infancia y los diez o quince metros actuales es más persuasiva que cualquier cifra de erosión costera, porque apela a una experiencia verificable y compartida por la comunidad local.
- Bajar la escala del problema sin perder la causalidad. Pasar del calentamiento global a la ducha de veinte minutos —sin perder el hilo que conecta ambas cosas— es la estrategia más efectiva de la conversación para volver accionable un problema que suele sentirse abstracto.
- Ejemplos con final abierto, no con villano fijo. Tanto el caso del lago Rapel como el de las inmobiliarias se presentan como consecuencias de decisiones sin estudio previo, no como relatos de buenos contra malos. Eso permite que la audiencia se identifique con la solución en lugar de defenderse de una acusación.
- La gratuidad como mensaje repetido, no como dato aislado. Insistir varias veces en que las actividades no tienen costo cumple una función de comunicación comunitaria: reduce la barrera de entrada percibida y refuerza la idea de un proyecto con vocación de servicio público, más allá de su origen privado.
- Cerrar en las personas, no en el problema. El mensaje final no es sobre el planeta, es sobre la confianza entre generaciones. Esa decisión de cierre es, probablemente, la que más fideliza a una audiencia local: se recuerda menos una cifra de dióxido de carbono que la imagen de un adulto diciéndole a un niño que sí puede.




